Durante el invierno las condiciones son favorables para adentrarse en el desierto. Las temperaturas son más suaves, lo que nos permite movernos sin el agobio del calor. Durante esta época del año el Sáhara muestra su mejor versión: noches frescas junto a la hoguera con un cielo inmenso, una luz más limpia y días que nos permiten realizar caminatas y parar para comer sin sofocarnos en un calor infernal.
A partir de la primavera, el termómetro se dispara y cuando llega el verano, las temperaturas ultrapasan los 45 grados.