Cuando pensamos en viajar al desierto solemos pensar en dunas, oasis, noches al aire libre y largos recorridos por paisajes que no se parecen a los de casa. Pero hay una cuestión importante a tener en cuenta antes de elegir las fechas: en verano, el calor puede ser extremo.
Y esto no lo sabemos solo por los termómetros. Lo hemos vivido.

Cuando todavía viajábamos a Libia en septiembre
Hace años, cuando todavía organizábamos viajes a Libia, durante la época de Gadafi. Una de aquellas rutas atravesaba el desierto desde Ghadames hasta Ghat y continuaba después por el Hoggar. Hacíamos coincidir nuestra llegada a Ghat, en el sur de Libia, cerca de la frontera con Argelia, con un festival tuareg que se celebraba en la zona.
El festival incluía una carrera de camellos. Las mujeres se situaban en la línea de llegada mientras, a lo lejos, aparecían los jinetes tuareg con los camellos al galope. La carrera consistía en llegar primero hasta donde ellas esperaban. Velozes y furiosos, versión tuareg.
Todo el mundo se concentraba alrededor de la llegada. Y todo el mundo estaba allí, en pié, bajo el sol, con temperaturas que podían rondar los 50 ºC. Para los tuaregs, aquello no parecía especialmente extraordinario. Era septiembre y, para ellos, el verano estaba llegando a su fin. Estaban acostumbrados a esas condiciones y nadie parecía darle demasiada importancia al calor.
Para nosotros era otra historia.
En una salida a mediados de septiembre llegamos a tener 55 ºC durante el día.

Una situación que no olvidamos
Durante una de aquellas travesías, uno de los viajeros sufrió un golpe de calor. Estábamos en pleno desierto, al sur de Libia, y no había ningún lugar donde buscar sombra. No había árboles, edificios ni ningún tipo de refugio. Solo el vehículo y el terreno alrededor.
La primera opción era meterlo dentro del coche, pero el vehículo llevaba horas al sol y el interior estaba todavía más caliente.
Los tuaregs que nos acompañaban encontraron entonces una solución que puede resultar difícil de imaginar: cavaron un agujero en el suelo, debajo del vehículo, y lo colocaron allí para protegerlo del sol directo.
Y no era solo por la sombra. La arena de la superficie, después de horas bajo el sol, puede alcanzar temperaturas de 60 ºC o más. A esas temperaturas, caminar descalzo sobre ella resulta prácticamente imposible.

Al cavar unos centímetros, consiguieron dos cosas: protegerlo del sol y alejarlo de la capa superficial de arena, que era la que había acumulado más calor. A poca profundidad, el suelo estaba bastante más fresco. Aquella escena se nos quedó grabada. Los tuaregs estaban allí como cualquier otro día de septiembre, esperando la llegada de los camellos, mientras nosotros comprobábamos hasta qué punto 50 ºC en medio del Sáhara pueden cambiar las cosas.
Actualmente ya no viajamos a Libia, pero aquella experiencia fué una de las razones por las que nuestros viajes al desierto comienzan en octubre.
En verano, la vida en el desierto se adapta al calor
Durante los meses más calurosos, las horas centrales del día no son el momento para salir a caminar o realizar actividades innecesarias al sol. La actividad se concentra a primera hora de la mañana y cuando empieza a bajar la temperatura por la tarde.
Quienes viven en estas regiones saben cómo convivir con las altas temperaturas.

El viajero, sin embargo, llega al Sáhara con otro objetivo. Quiere aprovechar el día para conocer el territorio, caminar, visitar poblaciones, llegar hasta un oasis o recorrer las dunas.
¿Qué ocurre si viajamos al desierto en verano?
Las temperaturas pueden superar los 40 ºC con facilidad en muchas zonas y, dependiendo del lugar y de las condiciones, alcanzar valores mucho mayores. Esto puede obligar a modificar completamente el programa del viaje. Las caminatas tienen que ser más cortas, las visitas se realizan a primera hora o al final de la tarde y durante las horas centrales del día hay que buscar refugio.
Y entonces aparece una pregunta sencilla: ¿para qué ir al desierto si durante buena parte del día no podemos disfrutar de él?
¿Y por la noche?
Es cierto que el desierto puede tener grandes diferencias de temperatura entre el día y la noche. Pero durante el verano las noches también pueden ser muy calurosas.

Si uno de los atractivos del viaje es dormir en una haima, cenar al aire libre junto al fuego o simplemente sentarse a contemplar el cielo, hacerlo con una temperatura agradable cambia mucho las cosas.
En otoño, invierno y primavera las noches suelen ofrecer mejores condiciones.
¿Cuándo es mejor viajar al desierto?
No existe una única fecha válida para todos los desiertos. Las temperaturas cambian mucho según la región y también hay diferencias entre el Sáhara marroquí, argelino, mauritano o las zonas más meridionales.
Pero, en general, octubre empieza a ser un buen momento para viajar al desierto.
Durante los meses de otoño, invierno y primavera las temperaturas son más adecuadas para caminar y realizar las actividades que forman parte de nuestros viajes al desierto.
Nuestros viajes al desierto del Sahara
✔️ Salidas 2, 30 oct | 14 nov | 4, 27 dic 2026
✔️ Precio a partir de 2030€

✔️ Salidas 2 oct | 4, 26 dic 2026 | 29 ene | 9 abr 2027
✔️ Precio a partir de 1690€

✔️ Salidas de OCT a MAR
✔️ Precio a partir de 2140€

✔️ Salidas 26 oct | 23 nov | 19 dic 2025 | 1, 22 feb 2026
✔️ Precio a partir de 4560€

✔️ Salidas de octubre a abril
✔️ Precio en preparación

Un viaje al desierto no debería consistir únicamente en aguantar el calor. Debería permitirnos caminar, conocer los paisajes, hablar con la gente que vive allí, llegar a un oasis, montar el campamento y terminar el día mirando las estrellas.








